Creo que ya lo he superado y puedo hablar de ello, hay quien dice que no, y que si algo me recuerda aquellos días se me eriza el vello.
Llamé a la puerta y le dije que pusiera la tele. Las imágenes se repetirían hasta la saciedad. Aquella comida se quedó allí muda, criando no malvas, sino hongos varios. El crujido del pan desmenuzado por el suelo delatarían a cualquiera que entrara en el salón.
Mi vida la he compartido, aparte de con mis padres, tres veces. Mi primera experiencia en un piso de estudiantes no fue mal; buen ambiente, compañero cocinillas y cinéfilo que nos trataba mejor que cualquier abuelita encantadora. Marcharon mis dos compañeros y me quedé el piso. Tras unos meses solo en los que por el piso pagaba el precio de la habitación, ahora no se puede alquilar, no han venido los nuevos, bla, bla, bla.. tuve que buscarme compañeros nuevos so pena de tener que abandonar el piso.
Parecían normales.
Pero no lo eran.
Al principio, cuando ponía una lavadora, sacaba sus cosas mientras se lavaban las mías y luego las dejaba como estaban, que es a lo que me enseñaron. Pronto descubrí que ponía dos lavadoras sin que el tambor de la lavadora cambiara de contenido. Lo mismo sucedía con la ropa tendida, aunque en este caso no la volvía a tender, la dejaba encima de una silla hasta que aprendiera a volver a su cuarto.
Mis cedés desaparecían para aparecer desmembrados por su habitación.
Una mañana el ruido no me dejaba estudiar. El soniquete continuo de una cinta que se despega y vuelve a pegar durante más de una hora. Le pregunté por qué lo hacía, decía que era alérgico al polvo. Estaba plastificando el colchón con plástico de forrar libros y cinta marrón de embalar. Aquel aprendiz de médico no pensaba en el calor que daría dormir sobre un plástico, el ruido que metería, el efecto fuelle expansor de miasmas que tendría el colchón completamente forrado excepto en algunos puntos.. seguro que tenía eneuresis, porque no me creo que fuera alérgico a la vista de las pelusas y cenizas de pipa que pululaban por la habitación.
Al principio nos juntábamos, si nos encontrábamos por el pasillo de tres metros, el baño o la cocina charlábamos, pero poco a poco empezamos a evitarnos.
Como en una película del oeste los matojos atravesaban las zonas comunes. Sobra decir que la comida quedó en el salón como en una representación de la fragilidad de la vida durante un par de semanas. Las migas,
croûtons, creo que las recogería el siguiente inquilino. El mismo que debió colocarse un traje
NBQ para limpiar ese baño, aún más sucio que el de los anuncios. Con cortinas pegajosas y un espejo donde hace tiempo que alguien dejó de contemplarse. Como la cocina. A pesar de que
el otro los seguía usando.
Cuando aún todo parecía normal yo usaba mi propia cafetera italiana, muy mona, para una taza, así no tenía que estrenar la que nos había proporcionado la casera, que daba para invitar a nuestras vecinas de piso. A mi me gusta el café recién hecho, a él le daba igual. Una vez me dio por descubrir el contenido para observar como empezaban a nacer cercos en la superficie del café. Si hubiera tenido un móvil de los de ahora habría hecho seguimiento del crecimiento de esos hongos que procesados iban a curar la peste, el sida, la diarrea y la alopecia, pero cinco meses después, con tres dedos de longitud, abandoné aquel piso y no volví a saber de ningún descubrimiento fantástico. Por suerte me tocó en sorteo la balda superior de la nevera, porque el contenido de alguna de las otras chorreaba. Sin que nos diéramos cuenta el congelador empezó a llenarse de
sus cosas sin dejar sitio para las nuestras. Compraba mucho porque así le salía más barato, y se lo dejaba pudrir, por increíble que parezca, hasta en la nevera. Era el único que usaba la cocina.
Volví de vacaciones un par de días antes para estudiar en soledad. La verdad es que mi habitación era cómoda, tenía despensa, una pequeña tv (eran los tiempos
preadsl..) y el ambiente solía ser tranquilo, así que sumido en mi microcosmos no se estudiaba mal.
Otro compañero de piso tuvo la misma idea que yo. Volvió antes de tiempo. Nos saludamos y descubrimos que éramos buena gente. Que el loco era
el otro y que ninguno de los dos estaba con él. Afortunadamente los dos habíamos conocido una chica con piso propio que nos alegraban la vida (la suya puerta con puerta con nuestra jungla vertedero, la mía más lejos), pero lo más importante, que nos dejaban usar su aseo, su cocina y su salón.
No he vuelto a ver a ninguno de las personas con las que compartí mi piso.
Todos los días despierto al lado de mi salvadora, y aún me abraza cuando recuerdo aquello.