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martes, 21 de diciembre de 2010

otoño vertiginoso

Se acaba el otoño y en su último domingo disfruté en Vitoria-Gasteiz.

Últimamente paso poco por aquí, mil cosas distraen mi atención, más trabajo, más viajes, más lecturas, más fisio, más cine, intento más descanso, estoy compitiendo más que en todo el año y más veloz que nunca.


Desde la Behobia no hago otra cosa que mejorar mi tiempos, y disfruto más, no sé qué situación es consecuencia de cuál.

Dos medias, dos diez miles.

A menos de cuatro. Mis series de hace unos años.


Ligeramente acatarrado me presenté en la estrecha salida de la media vitoriana. Cada vez más atestada, deberían ir pensando en poner cajones para ordenar a la gente, pues nos comportamos como borregos y todos queremos estar delante empujando y pisando lo que se interponga en nuestro camino.

 salida estrecha, seto entre los corredores, embudo por delante, detalles a mejorar

Esta vez iba a algo más que dar lo mejor de mi. Iba a hacer marca. ¿Y qué haces cuando logras tu objetivo? Ir más allá. 

Sería el kilómetro dos cuando tras pensarlo una zancada adelanté al grupito de la liebre de la hora veintitrés. Hasta donde llegue, pensé, cuando me coja ya se por dónde va la línea roja a la que me tengo que agarrar y no soltar como sea.


Lo bonito es cuando la línea roja nunca te sobrepasa, y menos te iguala.

No estoy acostumbrado a correr en grupo. No sé si es bueno o malo. Si es consecuencia de tanto entreno en solitario o a causa de mi caracter. Reconozco que me sentía abrigado del viento frío dentro del grupo, pero si podía más me iba y si no me quedaba, aunque después fuera recogiendo a los rezagados. Y superándolos.


Y voy superando kilómetros. Y voy superándome. Y de vez en cuando me superan, y en otro tanto supero a a alguien. Y seguimos.

En la única cuestecilla cacé a la segunda chica. Su liebre la iba animando. Eso me animó a mi a llegar hasta ella. Pero tenía que dejarla. El entrenador la instaba a seguirme, que ya caería, no bajé el ritmo hasta que no lo dejé de oir.

Y luego empieza de nuevo el callejeo. Y alguna calle con una pátina de fino hielo donde casi resbalamos. Giros cerrados. Es la hora de apretar. Es lo que hago siempre. Apretar al final.

Los que me conocen dicen que no lo doy todo hasta el final. No sé si es verdad. Pero no sé hacerlo de otra forma.


No sé si subo el ritmo, pero no baja el que me impuse desde la bocina. Al final el sprint se reduce a unos pocos cientos de metros. Lo suficiente para matar el gusanillo.

No sé si hubiera sido capaz de ir más rápido, pero al llegar la sensación fue de que podía haber ido más lejos.


Hasta cuándo y hasta dónde son preguntas que tengo toda una vida para responder.

Estoy contento. Aunque ni yo ni la más que fotógrafa esperábamos no encontrarnos. Ella también tuvo que correr.

Una hora veintiuno veintinueve. Mejoro mi marca dos minutos veintiun segundos.


Estoy contento.

Eso hará que corra más.