
Su madre estaba embarazada cuando la epidemia de gripe del dieciocho asolaba el mundo y ella nació cuando la mortalidad infantil en este país era cuarenta y cinco veces superior a la que existe en tiempos de sus bisnietos.
Empezaba a ser apenas una mujer cuando estalló una guerra fraticida que se llevó el cuerpo de su padre y el alma de su madre. Tuvo que cambiar las muñecas de trapo por una familia de verdad.
Ayudó a levantar España con sus cinco hijos, a tres de los cuales vería morir a lo largo del siglo XX.
Al morir su esposo las monjas se hicieron cargo de ella.
Poco a poco empezó a olvidar sus nombres. También el suyo. Olvidó caminar. Ya no recordaba vivir la vida como si fuera una historia que merece ser contada.
Alternaba su cama detrás de una una puerta con su nombre en la tercera planta de la residencia con otras camas anónimas en las distintas plantas de interna.
Pasó neumonías, episodios de insuficiencia cardíaca e incluso un infarto.
Pero un día, no sabe cómo ni en que descuido algo se paró dentro de ella.
Su vientre se hinchó y se hinchó. Las paredes de sus tripas se estiraron como el pergamino, la sangre dejó de llegar a ellas y se volvió ácida. Como las fichas de un dominó los demás órganos empezaron a claudicar.
Al escaparse del cuerpo su alma dejó un aroma que sorprendió a los que empezaban el nuevo turno de mañana.
Ella, que había sobrevivido a tantas cosas, tantas pruebas de Dios decía, había sucumbido a una de las más insignificantes.

foto landscape: Axel Hütte
final real hoy, el resto pudo serlo cualquier día
topograma perteneciente a gran dilatación intestinal por fecaloma