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viernes, 28 de noviembre de 2008

llevo escrita mi vida en los pies

para Furacán


Yo no los vi. Algún compañero los trató y los colocó (las fotos), con delicadeza, en el escritorio para compartirlos. Nunca los he conocido y creo que tardaré mucho en ver otros parecidos.

Unas deportivas en el suelo, unas piernas torneadas que no insinuan lo que viene después. Marginados, olvidados, torturados. Muchas veces los olvidamos hasta que reclaman su poquito de atención, un pequeño callo, una herida, una uña que crece en dirección equivocada, una articulación desviada por años de calzado equivocado.

Lo más bajo. Por debajo de la suela de mi zapato la nada. Pero qué alivio un baño de pies, ese pequeño gesto con el que un Dios se puso a los pies, otra vez, del más pobre de nosotros. Qué gozada correr y correr hasta que el corazón o las piernas digan basta. Qué bien si ellos callan, y qué júbilo cuando descansan.


Estos son distintos, están enfermos. Para el paciente no hay más cuerpo que la parte que molesta. Que se desescama y se pela, como las hojas de un calendario, contando en fascículos las aventuras de su propietario. Y que alteración más simple, a la capa celular que protege las plantas le ha dado por seguir la orden de creced y multiplicaos.


Puedo seguir quejándome de no pillar inscripciones, de no llegar a los ritmos prescritos, de no poder viajar, de no comprarme tal y tal, incluso de trabajar por menos y peor. Pero si no hay salud todo me falta.
Y con amor, las penas son menos.