La belleza está en el interior. Hay quien se lamenta de que no seamos reversibles. A veces solo somos conscientes de la perfecta maquinaria que nos mueve cuando nos habla, cuando duele. Si no, la tramoya de músculos, tendones y huesos realiza su función en silencio. Y aún así solo podemos imaginarla.
No se ve bien más que con el corazón. Lo esencial es invisible a los ojos. Aunque una visión en rayos equis ayuda. Un poquito de entrenamiento del ojo y empezaremos a ver cosas que no deberían ser así.
Todo depende del color del cristal con que se mira, o quizás del ángulo con que analiza el observador.
Un pie que ha venido de lejos. Que camina con acento. Que abandonó tierras de sufrimiento para encontrar un camino mejor.
Un pie que no se arregló para salir en la foto. Y que en menos tiempo del que tarda en ser inmortalizado por la luz en el fondo de la caja mágica fue aplastado por tres mil kilos.
Y cambió para siempre. Analgésico para que el alma no siga sufriendo, antibióticos para que el enemigo invisible no lo devore, cirugía para volver a poner todo en su sitio, y que lo que está dentro vuelva a donde de nunca debió salir.
El primer dedo está vacío, perdió la viga que lo sostenía, cae flácido a pesar del cuidado con que se le trata. Nada volverá a ser como era, pero luchará duro por aquí lo sea. Porque sus pasos lleven lo mejor a los suyos.
Que vuestros pasos os lleven a buen destino, y tened cuidado de no trastabillar.








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